lunes, octubre 11

El espino...


Al lado tuyo, pero no de tu mano:
así te miro andar por el jardín de verano:
las cosas que no pueden moverse
aprenden a mirar.
No necesito perseguirte a través del jardín;
en cualquier parte los humanos
dejan señal de lo que sienten,
flores esparcidas en el polvo del camino,
todas blancas y doradas, algunas levemente
alzadas por el viento de la tarde.
No necesito seguirte adonde estás ahora,
hundido en la ponzoña de este campo,
para saber la causa de tu huida,
de tu humana pasión, de tu rabia:
¿por qué otra cosa dejarías caer
todo aquello que has acumulado?

De Louise Elizabeth Gluck

sábado, octubre 9

La Musa


Imágen: cedida por Karina Balmaceda.
Yo la quiero cambiante, misteriosa y compleja;
con dos ojos de abismo que se vuelvan fanales;
en su boca, una fruta perfumada y bermeja
que destile más miel que los rubios panales.
A veces nos asalte un aguijón de abeja:
úna raptos feroces a gestos imperiales
y sorprenda en tu risa el dolor de una queja;
¡En sus manos asombren caricias y puñales!
Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante,
y sea águila, tigre, paloma en un instante,
que el Universo quepa en sus ansias divinas.
Tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame,
y una frente que, erguida, su corona reclame
¡de rosas, de diamantes, de estrellas o de espinas!

De Delmira Agostini.

Barajando recuerdos...


Barajando recuerdos
me encontré con el tuyo.
No dolía.
Lo saqué de su estuche,
sacudí sus raíces en el viento,
lo puse a contraluz:
Era un cristal pulido,
reflejando peces de colores,
una flor sin espinas que no ardía.
Lo arrojé contra el muro
y sonó la sirena de mi alarma.
¿Quién apagó su lumbre?
¿Quién le quitó su filo a mi recuerdo-lanza que yo amaba?

De Claribel Alegría.

lunes, octubre 4

El claustro elegido


No busco nada.
A nadie aguardo en este día.
Esperar es una de las raras estratagemas de Dios
para detenernos en un punto.
Mi país:montaña verde y lluvia.
Un caballo se pierde
en la llanura imaginada,
que ahora está vedada a mis ojos.
Busco la intensa reflexión:
la de los libros amigos,
la luz interna que preciso para vivir,
el candil de oro,el Eclesiastés y la paciencia de Job.
A mi edad y en un país de lluvia,
el claustro es una elección.
Ahí se pierden los contornos.
La vida se diluye en un ir y venir
del trabajo al café, del café a la taberna.
Busco la infancia que soy:
la llanura, la sombra del árbol gigantesco,
el único mar sin fondo,
el caballo desbocado en su furia,
el verdor de la montaña junto al cielo.
Me gusta quedarme a solas
sintiendo como la sangre
me nutre de nuevas vestiduras.
A solas me pertenezco.
No hay dicotomía entre el espejo y yo.
Una vive y la otra sueña.
Juntas recordamos a un hombre.
Juntas hemos escrito estos versos.

De Mía Gallegos.

miércoles, septiembre 29

Síndrome de abstinencia


No es tan tóxico ya:
también caduca el amor
en la fecha señalada en su dorso.
Ya no es ese veneno tan eficaz,
ni acaso necesaria
la urgente sobredosis.
Qué cualidad letal
la del amor filtrado en la memoria.
Regreso a las palabras y compruebo
que nunca se contagian o enferman
con las fases de mi intoxicación o mi delirio.
Siempre más sanas,
siempre a punto de ser dadas de alta
y de dejarme un poco más enferma.
Y nunca simultánea he sentido
la fiebre en mi otro cuerpo,
el que tiene por vísceras palabras.

De Aurora Luque